andonii

creo en la Alianza, tengo fe en el amor. confío que la vida puede más que la muerte. el amor puede más que el rechazo. la paz más que la violencia. la paciencia más que el enojo. creo que la confianza en el amor lo puede todo. PR.
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Day at the Mansion by Scott Weston.

Yes, thank you, naive human! Now I can finish taking over the world! Ha ha ha! — Purple Tentacle

Inspired by the classic PC game, Day of the Tentacle.

Available from RedBubble.

(via deptodeath)

deptodeath:

Increible!

gringoh:

Jefferson Airplane — Somebody To Love 

My name is Johnny Cash

My name is Johnny Cash

pinupchick:

Jefferson Airplane - White Rabbit - Woodstock 1969 - Original Footage

En la jam del domingo!

Hay que estar ebrio siempre. Todo reside en eso: ésta es la única cuestión. Para no sentir el horrible peso del Tiempo que nos rompe las espaldas y nos hace inclinar hacia la tierra, hay que embriagarse sin descanso.

Pero, ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca. Pero embriáguense.

Y si a veces, sobre las gradas de un palacio, sobre la verde hierba de una zanja, en la soledad huraña de su cuarto, la ebriedad ya atenuada o desaparecida ustedes se despiertan pregunten al viento, a la ola, a la estrella, al pájaro, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, pregúntenle qué hora es; y el viento, la ola, la estrella, el pájaro, el reloj, contestarán:
“¡Es hora de embriagarse!”
Para no ser los esclavos martirizados del Tiempo,
¡embriáguense, embriáguense sin cesar!
De vino, de poesía o de virtud, como mejor les parezca.

Charles Baudelaire
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Chango Spasiuk,
Pynandí,­ los Descalzos

Tom Jobim (aunque ahora podría ser Spasiuk)

Corre por el patio, jugando y bailando. Se tira sobre el césped -sonriendo, con la mirada clara- y continua cantando ese tema que tanto me gusta de Tom Jobim. Yo dejo de tocar la guitarra y voy a preparar el mate rico que acompaña la tarde (y la mañana). La primavera viene llegando con los ritmos brasileros, me abraza y acepta un matecito.

-¿Está rico? -le pregunto con una sonrisa boba. Ella asiente con la cabeza.

No es primavera, pero la termino encontrando en este otoño.

Tiki Tiki - Tita Print

La infancia de la indiferencia (o La mano que acaricia la boca)
(de Pablo Gentilli)
Finbarr O’Reilly, fotógrafo canadiense, ha sido galardonado este año con el codiciado premio de la World Press Photo. La imagen elegida recorrió el mundo como expresión de espanto, indignación y dolor. También, como expresión de una profunda belleza. Es el rostro de una madre que espera su turno en la fila de un centro de alimentación, en Tahoua, Níger. Sobre su boca, se apoya suavemente la mano de un niño o, quién sabe, una niña: su hijo, su hija. Intuyo que pocas veces la fotografía ha podido sintetizar el trazo desgarrado de una caricia tan dulce. Tan solitaria. Tan triste. Tan necesaria. La mano de un niño o una niña envejecida por el hambre acaricia la boca de su madre. Pide un beso, pan, paz, derechos, dignidad. O no pide nada, quizás.


Imágenes como ésta ponen en evidencia la barbarie de un sistema que exalta los valores de la globalización neoliberal, mientras oculta, trivializa y pretende volver insignificante la negación más brutal de los derechos humanos a cientos de millones de niños y niñas en todo el mundo. Niños y niñas abandonados, sometidos a condiciones de trabajo esclavo, campesinos maltratados, empleadas domésticas, vendedoras ambulantes, pequeños soldados del trafico de drogas, objetos (ellos y ellas mismas) del tráfico humano, de abusos de toda especie, madres precoces, hijos de ninguna filiación, niños y niñas sin tierra, sin escuela, sin casa, sin niñez, sujetos del desprecio. Niños y niñas excluidos e invisibles, como los denomina UNICEF en su último y contundente Estado Mundial de la Infancia, publicado a comienzos de este año. Niños y niñas que el sistema no quiere mostrar. Simplemente, porque “sobran”. El mundo no es un beneficio que les corresponda. El mundo camina en una dirección y ellos, ellas, parecen estar a contramano. Son despreciados y pretenden ser transformados en eso: en nada.


Como todos los años, UNICEF cumple su importante papel de elucidar las marcas de esta barbarie: la pobreza, el SIDA, el abandono por parte del Estado de la provisión de los bienes y servicios básicos y los conflictos armados son algunos de las razones por las cuales millones de niños y niñas, en todos los continentes, pero especialmente en los países periféricos, están sometidos a condiciones de exclusión y marginalidad. Su nuevo informe denuncia que:




Más de la mitad de los nacimientos que se producen en el llamado mundo en desarrollo no se inscriben, carecen de identidad “oficial”. Cada año, 50 millones de niños y niñas que nacen en los países de la periferia mundial no tendrán certificado de nacimiento.


En estos mismos países, existen alrededor de 143 millones de niños y niñas que han perdido a su padre o a su madre, o que nunca los han conocido. Muchos de ellos y ellas viven en las calles. Todos, todas, sufren la barbarie de la explotación. La pestilencia del abuso, inclusive de aquellos que deberían defenderlos: las fuerzas policiales y el ejército.


Casi 180 millones de niños y niñas trabajan en condiciones penosas y peligrosas. Otros cientos de miles, simplemente, trabajan.


Se calcula que hay alrededor de 9 millones de niños y niñas que ejercen la prostitución o son sometidos a trabajo esclavo por causa de supuestas deudas.


No se sabe cuántas niñas y niños trabajan como sirvientes domésticos en casas de familia. Quizás, por ser tantos, ni se los puede contar.


Los seres humanos de corta edad son discriminados porque tienen menos condiciones para defenderse y por no contar con quienes los defiendan; pero, también, son discriminados por ser pobres, por ser mujeres o por ser hombres, por ser negros o negras, por pertenecer a algún grupo étnico o a alguna nación indígena, por no poder hacer uso de los códigos lingüísticos dominantes, o por todo eso al mismo tiempo.


Hay más de 150 millones de niños y niñas portadores de algún tipo de discapacidad, gran parte de los cuales no tienen ninguna asistencia médica o educativa.

Una cuestión crucial es determinar cuál es la causa de las causas que producen la invisibilidad de la infancia excluida. Para responder a esta pregunta es fundamental mirar hacia el interior de los países donde los niños y niñas tienen sus derechos cotidianamente negados (la injusticia social, la brecha enorme que separa ricos de pobres, la deuda externa, la ausencia de espacios públicos, el desmonte o la inexistencia de un sistema de educación, salud y seguridad social, el salvajismo de los mercados de trabajo, la corrupción, el autoritarismo, el sexismo, el racismo, la fragilidad de la democracia o su inexistencia, entre otros factores). Pero, también, especialmente, es necesario mirar hacia fuera de estos países; mirar a un sistema mundial dividido entre las naciones con derechos y las naciones sin derechos. Entre los que tienen la oportunidad de elegir su futuro y los que tienen la condena de tener que sufrirlo. La periferia del mundo capitalista (o sea, del planeta tierra), explota, segrega, maltrata a sus niños y niñas. El opulento mundo capitalista desarrollado, no deja de ganar pocas ventajas con esto. Por eso, con poquísimas excepciones, prefiere silenciar, no mirar, borrar, desintegrar aquellas imágenes de la barbarie, del dolor. El eco de gritos que nunca llegan a retumbar en los corazones y mentes de los que quizás ni saben que vivir tan bien como viven tiene un pesado costo para otros, para otras, cuyo rostro nunca conocerán. Puede ser que, ahora, al menos, conozcan la mano. Esa mano que acaricia la boca. Que se apoya suavemente sobre ella. Que apenas la toca. Que se funde y confunde en un beso desgarrado. Esa mano que acaricia la boca. Y no pide silencio. Ni indiferencia. Esa mano que acaricia la boca, porque es su forma de gritar.

FUENTE

La infancia de la indiferencia (o La mano que acaricia la boca)

(de Pablo Gentilli)

Finbarr O’Reilly, fotógrafo canadiense, ha sido galardonado este año con el codiciado premio de la World Press Photo. La imagen elegida recorrió el mundo como expresión de espanto, indignación y dolor. También, como expresión de una profunda belleza. Es el rostro de una madre que espera su turno en la fila de un centro de alimentación, en Tahoua, Níger. Sobre su boca, se apoya suavemente la mano de un niño o, quién sabe, una niña: su hijo, su hija. Intuyo que pocas veces la fotografía ha podido sintetizar el trazo desgarrado de una caricia tan dulce. Tan solitaria. Tan triste. Tan necesaria. La mano de un niño o una niña envejecida por el hambre acaricia la boca de su madre. Pide un beso, pan, paz, derechos, dignidad. O no pide nada, quizás.

Imágenes como ésta ponen en evidencia la barbarie de un sistema que exalta los valores de la globalización neoliberal, mientras oculta, trivializa y pretende volver insignificante la negación más brutal de los derechos humanos a cientos de millones de niños y niñas en todo el mundo. Niños y niñas abandonados, sometidos a condiciones de trabajo esclavo, campesinos maltratados, empleadas domésticas, vendedoras ambulantes, pequeños soldados del trafico de drogas, objetos (ellos y ellas mismas) del tráfico humano, de abusos de toda especie, madres precoces, hijos de ninguna filiación, niños y niñas sin tierra, sin escuela, sin casa, sin niñez, sujetos del desprecio. Niños y niñas excluidos e invisibles, como los denomina UNICEF en su último y contundente Estado Mundial de la Infancia, publicado a comienzos de este año. Niños y niñas que el sistema no quiere mostrar. Simplemente, porque “sobran”. El mundo no es un beneficio que les corresponda. El mundo camina en una dirección y ellos, ellas, parecen estar a contramano. Son despreciados y pretenden ser transformados en eso: en nada.

Como todos los años, UNICEF cumple su importante papel de elucidar las marcas de esta barbarie: la pobreza, el SIDA, el abandono por parte del Estado de la provisión de los bienes y servicios básicos y los conflictos armados son algunos de las razones por las cuales millones de niños y niñas, en todos los continentes, pero especialmente en los países periféricos, están sometidos a condiciones de exclusión y marginalidad. Su nuevo informe denuncia que:

  • Más de la mitad de los nacimientos que se producen en el llamado mundo en desarrollo no se inscriben, carecen de identidad “oficial”. Cada año, 50 millones de niños y niñas que nacen en los países de la periferia mundial no tendrán certificado de nacimiento.

  • En estos mismos países, existen alrededor de 143 millones de niños y niñas que han perdido a su padre o a su madre, o que nunca los han conocido. Muchos de ellos y ellas viven en las calles. Todos, todas, sufren la barbarie de la explotación. La pestilencia del abuso, inclusive de aquellos que deberían defenderlos: las fuerzas policiales y el ejército.

  • Casi 180 millones de niños y niñas trabajan en condiciones penosas y peligrosas. Otros cientos de miles, simplemente, trabajan.

  • Se calcula que hay alrededor de 9 millones de niños y niñas que ejercen la prostitución o son sometidos a trabajo esclavo por causa de supuestas deudas.

  • No se sabe cuántas niñas y niños trabajan como sirvientes domésticos en casas de familia. Quizás, por ser tantos, ni se los puede contar.

  • Los seres humanos de corta edad son discriminados porque tienen menos condiciones para defenderse y por no contar con quienes los defiendan; pero, también, son discriminados por ser pobres, por ser mujeres o por ser hombres, por ser negros o negras, por pertenecer a algún grupo étnico o a alguna nación indígena, por no poder hacer uso de los códigos lingüísticos dominantes, o por todo eso al mismo tiempo.

  • Hay más de 150 millones de niños y niñas portadores de algún tipo de discapacidad, gran parte de los cuales no tienen ninguna asistencia médica o educativa.

Una cuestión crucial es determinar cuál es la causa de las causas que producen la invisibilidad de la infancia excluida. Para responder a esta pregunta es fundamental mirar hacia el interior de los países donde los niños y niñas tienen sus derechos cotidianamente negados (la injusticia social, la brecha enorme que separa ricos de pobres, la deuda externa, la ausencia de espacios públicos, el desmonte o la inexistencia de un sistema de educación, salud y seguridad social, el salvajismo de los mercados de trabajo, la corrupción, el autoritarismo, el sexismo, el racismo, la fragilidad de la democracia o su inexistencia, entre otros factores). Pero, también, especialmente, es necesario mirar hacia fuera de estos países; mirar a un sistema mundial dividido entre las naciones con derechos y las naciones sin derechos. Entre los que tienen la oportunidad de elegir su futuro y los que tienen la condena de tener que sufrirlo. La periferia del mundo capitalista (o sea, del planeta tierra), explota, segrega, maltrata a sus niños y niñas. El opulento mundo capitalista desarrollado, no deja de ganar pocas ventajas con esto. Por eso, con poquísimas excepciones, prefiere silenciar, no mirar, borrar, desintegrar aquellas imágenes de la barbarie, del dolor. El eco de gritos que nunca llegan a retumbar en los corazones y mentes de los que quizás ni saben que vivir tan bien como viven tiene un pesado costo para otros, para otras, cuyo rostro nunca conocerán. Puede ser que, ahora, al menos, conozcan la mano. Esa mano que acaricia la boca. Que se apoya suavemente sobre ella. Que apenas la toca. Que se funde y confunde en un beso desgarrado. Esa mano que acaricia la boca. Y no pide silencio. Ni indiferencia. Esa mano que acaricia la boca, porque es su forma de gritar.

FUENTE